Fragmento de Narciso y Goldmundo
de Hermann Hesse

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...Goldmundo abrió los ojos, retornando de bosques de ensueño. Su cabeza descansaba blandamente, descansaba en el regazo de una mujer, y unos ojos extraños y cercanos miraban cálidos y pardos a los suyos medio dormidos y asombrados. No se asustó, nada había que temer, aquellas estrellas cálidas y pardas tenían un dulce fulgor. La mujer le sonrió bajo su sorprendida mirada, se sonrió con gran dulzura, y, lentamente, también él empezó a sonreir. Sobre sus labios sonrientes descendió la boca de la joven, y se saludaron con un beso suavísimo que hizo recordar a Goldmundo en seguida aquella noche en el pueblo y la muchacha de las trenzas. Pero el beso no había terminado. La boca femenina se demoraba en la suya, seguía jugueteando, insistía, cautivaba, se adueñó de sus labios con fuerza y avidéz, se adueñó de su sangre y la despertó hasta lo más hondo, y, en el largo y mudo juego, aquella mujer morena, adiestrándolo poco a poco, se entregó al muchacho, le dejó buscar y encontrar, lo enardeció y apaciguó su ardor. La deliciosa y breve dicha del amor se extendió sobre él, resplandeció dorada y abrazadora, declinó y se apagó. Goldmundo estaba tendido con los ojos cerrados y la cara en el pecho de la mujer. No se había pronunciado ni una sola palabra. Ella permanecía tranquila, le acariciaba el cabello, le dejó despertarse lentamente. Finalmente, el mozo abrió los ojos.
-¡Tú!-dijo. ¡Tú! ¿Quién eres tú?
-Soy Elisa-respondió ella.
-Elisa- repitió el joven paladeando el nombre-Elisa, eres encantadora.
Ella le acercó la boca al oído y susurró: -Oye, ¿ha sido la primera vez? ¿No has amado antes a ninguna otra?
Goldmundo movió negativamente la cabeza. Luego se levantó de pronto y paseó a su alrededor la mirada por el campo y el cielo...