Anita Garibaldi
La Guerrera Gaúcha
El héroe, Giuseppe, la vio con el catalejos desde su barco. Ella, la muchacha, caminaba por la playa...

imagen copacabana.com
Para Ana María de Jesús Ribeiro da Silva, gaúcha de Laguna, la vida comenzó a los diecinueve años. Hasta ese día de 1839 su única realidad se llamaba Manuel Duarte, un zapatero borracho e indolente al que su familia la había atado. Por eso iba a la playa: para robar a un matrimonio no deseado unos momentos de paz. No sabía que la espiaban desde uno de los barcos que atracaban en el puerto...
Eran días bravos en Brasil. Su ciudad, capital del estado de Santa Catalina, había sido tomada por los farraposos (harapientos), como llamaban a los revolucionarios que unos años antes se habían levantado contra el emperador Pedro II y proclamado la República de Río Grande.
Entre los combatientes había un grupo de italianos, exiliados por haber luchado en su país contra el dominio austríaco, al mando de un hombre de treinta años: Giuseppe Garibaldi, quien había cruzado el Atlántico escapando de una condena a muerte dictada en Génova por un sublevamiento fallido.
Como corsario de la efímera república Garibaldi había sufrido diversas peripecias -entre las que se incluía una estancia como prisionero en la provincia de Entre Ríos-, pero gracias a él pudieron organizar una flota cuya ayuda fue fundamental para que los insurgentes se apoderaran de Laguna.
fragmento de amanza.com.ar
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El héroe, Giuseppe, la vio con el catalejos desde su barco. Ella, la muchacha, caminaba por la playa...

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Para Ana María de Jesús Ribeiro da Silva, gaúcha de Laguna, la vida comenzó a los diecinueve años. Hasta ese día de 1839 su única realidad se llamaba Manuel Duarte, un zapatero borracho e indolente al que su familia la había atado. Por eso iba a la playa: para robar a un matrimonio no deseado unos momentos de paz. No sabía que la espiaban desde uno de los barcos que atracaban en el puerto...
Eran días bravos en Brasil. Su ciudad, capital del estado de Santa Catalina, había sido tomada por los farraposos (harapientos), como llamaban a los revolucionarios que unos años antes se habían levantado contra el emperador Pedro II y proclamado la República de Río Grande.
Entre los combatientes había un grupo de italianos, exiliados por haber luchado en su país contra el dominio austríaco, al mando de un hombre de treinta años: Giuseppe Garibaldi, quien había cruzado el Atlántico escapando de una condena a muerte dictada en Génova por un sublevamiento fallido.
Como corsario de la efímera república Garibaldi había sufrido diversas peripecias -entre las que se incluía una estancia como prisionero en la provincia de Entre Ríos-, pero gracias a él pudieron organizar una flota cuya ayuda fue fundamental para que los insurgentes se apoderaran de Laguna.
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